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Privacidad, datos y soberanía digital: los desafíos de la conectividad en la era de la inteligencia artificial

En un contexto marcado por la expansión de las plataformas digitales y el desarrollo acelerado de la inteligencia artificial generativa, la privacidad se ha convertido en uno de los principales desafíos de las sociedades contemporáneas. Lejos de ser un asunto exclusivamente individual, la protección de los datos personales incluye disputas vinculadas al poder, la vigilancia y la soberanía digital. Este informe analiza cómo las grandes plataformas tecnológicas han transformado la información de los usuarios en un recurso económico estratégico y de qué manera los procesos de automatización e inteligencia artificial profundizan estas dinámicas, poniendo en tensión derechos fundamentales.

Conceptos clave: privacidad digital, soberanía digital, datificación, vigilancia, inteligencia artificial generativa.

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La privacidad en el siglo XXI

Durante el surgimiento de internet predominó la idea utópica de que las tecnologías digitales ampliarían la libertad de expresión, democratizarían el acceso a la información y fortalecería la participación ciudadana. Sin embargo, con el paso del tiempo, el crecimiento de las grandes plataformas digitales modificó profundamente ese escenario. Tarde o temprano las interacciones cotidianas comenzaron a desarrollarse en entornos controlados por corporaciones privadas capaces de registrar, almacenar y procesar enormes cantidades de información sobre sus usuarios.

En este contexto, la privacidad suele ser presentada como una cuestión individual relacionada con la protección de datos personales. Esta mirada reduccionista limita el problema a una esfera individual, invisibilizando su dimensión política. Lla privacidad en las comunicaciones constituye una condición necesaria para el ejercicio de derechos fundamentales como la libertad de expresión, la libertad de asociación y la autonomía personal. Sin espacios seguros, protegidos de la vigilancia permanente de las grandes corporaciones, la comunicación libre se vuelve cada vez más difícil.

La discusión en torno a plataformas como Telegram o Signal ponen sobre la mesa dicha tensión. Los debates sobre cifrado, vigilancia y control de la información muestran que la privacidad ya no puede entenderse únicamente como una preferencia personal, sino como un componente central de la ciudadanía digital y un derecho humano básico.

De la conectividad a la extracción de datos

En “La cultura de la conectividad” (2016) la neerlandesa José Van Dijck sostiene que las plataformas digitales no son espacios neutrales, sino entornos diseñados para organizar las interacciones sociales a través de algoritmos, interfaces y modelos de negocio específicos. En la denominada cultura de la conectividad, las actividades de los usuarios generan información que puede, y efectivamente sucede, transformarse en valor económico.

Esta lógica es profundizada por Marta Peirano en “El enemigo conoce el sistema” (2019), quien explica que los datos personales se convirtieron en el principal recurso económico de internet. Cada búsqueda, click, mensaje, reacción o interacción deja rastros que son recolectados y procesados por las plataformas. De esta manera, la conectividad permanente se transforma en una fuente infinita de información sobre hábitos, preferencias, relaciones sociales y comportamientos de cada usuario.

“Google ya no necesita husmear las calles para saber los nombres, direcciones, teléfonos y contraseñas de las personas cuyas casas y oficinas salen en los mapas. Para eso tiene Android, un sistema operativo que viene preinstalado en el 74,92 por ciento de los móviles de todo el mundo. Un dispositivo que el usuario mantiene encendido en todo momento, lleva encima a todas partes y tiene dos cámaras, un micrófono, una media de catorce sensores y al menos cuatro sistemas de geolocalización.” (Peirano, 2019:103)

La vigilancia digital ya no depende exclusivamente de los Estados. Ahora los mismos se ven altamente beneficiados de que las grandes empresas tecnológicas participan activamente en la recopilación masiva de datos mediante sistemas de seguimiento integrados en aplicaciones, redes sociales y servicios digitales. Como consecuencia, los usuarios se convierten simultáneamente en consumidores de plataformas y productores involuntarios de información valiosa para el mercado digital y los sistemas de vigilancia estatal. Desde esta perspectiva, la pérdida de privacidad no aparece como un efecto secundario del desarrollo tecnológico, sino como una característica estructural de modelos económicos basados en la extracción de datos y su usufructo por parte del poder.

Datificación, clasificación y automatización

En su libro “Atlas de IA”, la autora Kate Crawford señala que los sistemas de inteligencia artificial dependen de dos procesos: datificación y clasificación. El primero consiste en transformar aspectos de la realidad social en información cuantificable, mientras que el segundo organiza dichos datos mediante categorías que permiten su procesamiento automatizado en masa. Este proceso suele presentarse como objetivo y neutral. Sin embargo, Crawford advierte que tanto la recolección de datos como las categorías utilizadas para clasificarlos son el resultado de decisiones humanas atravesadas por intereses económicos, políticos y culturales. Los sistemas automatizados no operan sobre una representación transparente de la realidad, sino sobre versiones construidas de ella.

La automatización amplifica además el alcance de estos mecanismos. Las plataformas ya no solo registran información, sino que utilizan algoritmos para seleccionar contenidos, recomendar productos, jerarquizar información y anticipar comportamientos. Como explica Peirano los algoritmos participan activamente en la organización de la experiencia digital cotidiana, condicionando aquello que vemos, compramos, consumimos y compartimos. La privacidad, por lo tanto, deja de estar amenazada únicamente por la recolección de datos. Ahora también involucra las formas en que esos datos son interpretados, clasificados y utilizados para influir sobre individuos, electorados o comunidades enteras.

Inteligencia artificial y soberanía digital

El desarrollo reciente de la inteligencia artificial generativa agrega una capa más a estas discusiones. Carlos Scolari cuestiona aquellos discursos que presentan a la IA como una entidad autónoma o una tecnología capaz de funcionar independientemente de los seres humanos argumentando que detrás de estos sistemas existen infraestructuras materiales, bases de datos masivas y procesos de entrenamiento que dependen de información producida por millones de personas.

En esta misma línea, la IA generativa no constituye una ruptura respecto de las dinámicas previas de internet, sino una nueva etapa de procesos ya presentes en las plataformas digitales. Los datos que alimentan estos sistemas provienen de ecosistemas digitales construidos sobre la captura permanente de información y la automatización de su procesamiento.

La discusión adquiere entonces una dimensión vinculada a la soberanía digital. Si los datos se han convertido en un recurso estratégico para el desarrollo económico y tecnológico, cabe preguntarse quién controla esa información, quién establece las reglas para su utilización y quién se beneficia de su explotación. Como planteaba Manuel Castells hace más de dos décadas atrás, las redes digitales son también espacios donde se disputan relaciones de poder.

La concentración de datos en manos de un número reducido de corporaciones tecnológicas otorga a estos actores una capacidad inmensa para influir en la circulación de información, el desarrollo de tecnologías emergentes y la configuración de la vida social. Por esto mismo te dejamos un listado de alternativas seguras al universo Google y 3 consejos para borrar tu información de internet.

basura google Las revelaciones de Edward Snowden mostraron cómo la vigilancia masiva estatal se apoyaba en el acceso a los datos generados y almacenados por plataformas digitales, poniendo en evidencia la estrecha relación entre la economía de los datos y los sistemas contemporáneos de vigilancia.

Conclusión

La expansión de las plataformas digitales y de la inteligencia artificial generativa obliga a repensar la privacidad más allá de una preocupación individual, aunque nunca lo fue. La extracción masiva de datos, además de una violación al derecho a la intimidad, se ha convertido en el fundamento de modelos económicos y sistemas tecnológicos que rigen la vida moderna. Las revelaciones de Edward Snowden y las contribuciones de teóricos como Van Dijck, Peirano y Crawford permiten comprender que la vigilancia digital, la datificación y la clasificación constituyen procesos estructurales de este ecosistema.

En este contexto la defensa de la privacidad implica también defender la capacidad de las personas para comunicarse, informarse y participar en la vida pública sin estar sometidas a mecanismos permanentes de observación y análisis. Ninguna comunicación es libre si es vigilada y observada por un tercero, más si este es un monopolio tecnológico o el gobierno mismo haciendo uso del anterior. La inteligencia artificial generativa vuelve estas tensiones aún más visibles, al demostrar que detrás de toda automatización existen decisiones humanas, intereses económicos y disputas de poder que deben ser objeto de debate público.

Llegó el momento de comenzar a exigirle a las empresas que la comunicación online sea igual de íntima que cualquier conversación interpersonal que puedas tener en tu casa, la universidad o dentro de tu auto. Recibiremos no sólo la resistencia de los magnates tecnológicos sino también de los gobiernos que cada día buscan formas más novedosas de meter bocado en el poder de vigilancia que lograron estos monopolios. En palabras de Snowden: “Decir que no te importa la privacidad porque no tienes nada que ocultar es como decir que no te importa la libertad de expresión porque no tienes nada que decir”.

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